EL LOBITO BUENO DE LONEGESA

       El otro día tuve la ocasión de ver a través de un canal de TV, de estos de nueva generación y especializados en reportajes no convencionales, un documental titulado “La otra final”  que consistía en que mientras en Japón se celebraba la final de la Copa Mundial entre Brasil y Alemania en un pequeño país situado en medio del Himalaya, llamado Bután, se realizaba otra gran final entre dicho país y la isla caribeña de Montserrat, países que como se pueden imaginar de una tradición balompédica brutal, Bután solamente había jugado un partido internacional anteriormente, contra Kuwait y perdieron por 20-0 y Montserrat no ha jugado nunca ninguno.

      Solamente la visión de los terrenos de juego de cada país te ponían los pelos de punta, pues ahí se entrenaban con una fe y una ilusión digna de admiración, tanto en la selva de Montserrat, que si el balón caía allí, ¡Ala! todos a buscarlo entre hierbas, árboles y matas de 2 metros y en Bután precipicio abajo. ¡Increible!

       En las entrevistas a futbolistas y aficionados, solamente tenían una idea, ser dignos a los ojos de sus hijos por intentar hacerlo lo mejor posible. Dignidad, hermosa palabra, en los países ricos, como procede, nos gusta más lo mayestático, pues tiramos por los antónimos, indignidad, deshonra, vileza (Veamos a los dirigentes de las patrias europeas). Allí nadie gritaba “A muerte con…”, “los vamos a machacar”, “les vamos a dar una patada…”, “victoria o muerte”, “somos invencibles”…, que se parecen más a las soflamas de Braveheart que aficionados a un evento deportivo.

       El terreno de juego, cortado (donde había hierba) con una hoz de campesino y con unos baches como el Cañón del Colorado, no era lo más idóneo para practicar un deporte, pero para el público y los jugadores era como si estuvieran en el mejor estadio del mundo, diseñado por el más afamado arquitecto. ¡Qué fácil es conformarse cuando no tienes nada!

       Presentación de los equipos, con sus respectivos y preceptivos himnos nacionales, respeto y corrección, nadie obviaba al contrario, tampoco hubo espectáculo de oriflamas, algunos eventos se parecen más a las manifestaciones del Reichtag que a una muestra de apoyo.

       El partido se lo pueden imaginar, estaban más por el suelo que de pie (no es de extrañar, con ese campo), hacían lo que podían o sabían, hubo golpes (algunos duros), pero no por acciones voluntarias simplemente por falta de recursos técnicos, las retransmisiones de la radio y tv butanesa, sin locutores vocingleros ni comentarios partidistas e interesados. Al final del partido los cuatro periodistas que entrevistaban a todos en general, preguntaban con sentido común no con actitudes de  <No lo que interesa al público, si no al que me paga, y si podemos meter una puya, mejor>. No hubo exhibición muscular, ni malas caras, ni gominas, ni gestos, ni malas acciones, al contrario risas sinceras, abrazos. Ganó Bután por 4-0. La copa (bonita) estaba fabricada en dos mitades, una para cada uno, detalle muy curioso y original.

       El acto acabó con todo el mundo en el terreno de juego, futbolistas de ambos países, medios, público, policías, turistas…, en una especie de fila india siguiendo una danza al ritmo de algún mantra. Fantástico.

       Evidentemente se trataba de un acto más bien folclórico y de buena voluntad que de competición en su sentido más estricto. Para ellos era como haber participado en la final verdadera ¿Por qué?, pues porqué en la final real nunca tendrán acceso, esto unido a la cultura e idiosincrasia asiática y caribeña hubo, saltos, besos, abrazos, alegria y celebraciones, pero no hubo actos “raros”, ni diplomáticos seguidores de Baco, haciendo honor a todo lo contrario que la compostura diplomática exige. Ahora que todo el mundo lanza dardos envenenados a los poderes del Estado, voy a lanzar uno ¿Quién pagó la fiesta del diplomático?

        Realmente hay dos mundos, los que pueden y los que no pueden ni podrán, pero a la vista de este reportaje que es la antítesis de la realidad me ha recordado al poeta José Agustin Goytisolo.

                                                               Érase una vez

                                                               un lobito bueno

                                                               al que maltrataban

                                                               todos los corderos.

                                                               Y había también

                                                               un príncipe malo,

                                                               una bruja hermosa

                                                               y un pirata honrado.

                                                               Todas esas cosas

                                                               había una vez,

                                                               cuando yo soñaba

                                                               un mundo al revés.